Por Pamplona hasta Zaragoza
Entraron en tierras de Navarra
siguiendo el curso del río Araxes
con sus complicadas sinuosidades, entre cortadas laderas de montañas pobladas de hayas y
robles.. 
De vez en cuando se rompía el silencio, la soledad en torno a alguna ferrería y a ruidosos molinos que atraían a los campesinos del lugar. La mayor parte del camino lo amenizaba la brisa y el canto festivo de las aves
Aguas frescas, saltarinas y limpias, espacios verdes que servían de descanso en la dura marcha, cuando contemplaban la belleza de estos paisajes otoñales multicolores y aromáticos.
Y hacían un alto en Betelu,
villa al borde del camino, lugar de acogida para cansados y fatigados. Sus casas
sencillas y hospitalarias ofrecían hospedaje. En la parroquia podían celebrar la misa como era costumbre. Reparaban entonces sus fuerzas
debilitadas por las distancias y
las jornadas de trayecto, que eran agotadoras.
La primera etapa de su recorrido, culminaba en Pamplona, ciudad de unos 15.000
habitantes con su plaza fortificada, foso y ciudadela. A sus
puertas un cuerpo de guardia vigilaba el movimiento de la gente,
solicitando
la documentación.
El hecho de pasar de Guipuzcoa a Navarra exigía un trámite de visado del pasaporte que debía cumplimentar el regente de la villa. Luego tendrían que presentarse en el Palacio Arzobispal, donde el obispo Mr. Aguado de Rojas muy bien relacionado por su amistad con el Cardenal Primado de España, se preocupaba de ir encaminando y ayudando en lo posible el tránsito de estos clérigos inmigrantes.
Así llegaron al prelado
quien como de costumbre, acogía con afecto a los recién llegados y les ofrecía alojamiento
por unos días.
Era
todo lo que en tales circunstancias podía hacer. Estaba preocupado por la gran avalancha
de exiliados franceses que iba aumentando en número de forma increible y
además por la situación en que se encontraban, ya que pertenecían
en general al bajo clero, que venía
desprovisto hasta de lo más imprescindible.
Ahora se
trataba no sólo de proveerles de algún dinero y vestido, sino
también de unos mínimos recursos y orientarles para hacer la que pensaban
sería la última etapa de su viaje.
No se iban a quedar en Pamplona, por estar demasiado próxima la frontera de Francia. En 7
jornadas de a cinco leguas, podrían llegar a su
destino que era Zaragoza.
Hacía ya 16 días que habían pisado suelo español y estaban en continua desinstalación, dando rodeos, buscando contactos favorables con los obispos franceses que habían emigrado a España a raíz de la Revolución desde 1789. Después de la primera oleada de inmigrantes pertenecientes al Alto Clero y a la Alta Nobleza, les tocaba a ellos en peores condiciones, sufriendo todo tiempo de penurias, escasez, problemas con el idioma, los papeles.. Les parecía que todo iba a solucionarse, pero las frecuentes complicaciones e imprevistos les salían al paso sin cesar.
La ruta de Pamplona a Zaragoza,
bordeando
el valle del Ebro fue su camino habitual, hasta que que por los llanos de la Almozara, entraron en Zaragoza
atravesando la calle de los Predicadores. Ante sus ojos las espléndidas torres del Pilar.
Su lugar de destino, donde ellos esperaban pasar unos días, meses de
resistencia, era un lugar histórico y religioso de tradición
cristiana desde los tiempos de los Innumerables Mártires,
celebrados en la Basílica de Santa Engracia.
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Basílica del Pilar de Zaragoza |